Por Emilio Ichikawa
La gente cree que uno se deja pescar porque está deprimido, porque llegó al último escalón de un rumbo cuesta abajo que le sustrae cada gota de ganas de vivir. Pero no: uno pica porque le entran ráfagas de desencanto o avalanchas de hambre. Incontenibles. Uno muerde el anzuelo por existencialista o por pragmático. Por comemierda o cabrón de la vida. Yo prefiero entonces el aguante, hacerle una media al destino a ver qué coño aparece entre el Coral o en el Senado. Son solo 10 dolaritos. Tiburista, Pargo, Cherna mía, páguenme esta espera que con el olor a calamar que tiene ese trozo no hay línea de flotación que se mantenga recta.
